jueves, 22 de noviembre de 2012

De la gobernanza a la ficción democrática



En estos días, ando envuelto en dos realidades políticas diversas, pero ambas del mismo palo: las elecciones catalanas del 25 de noviembre de 2012 y las previas a las elecciones italianas de marzo de 2013. Palo uno: nacionalismo (Mas i CiU, como punta de lanza); palo dos, populismo (el auge del partido de Beppe Grillo). No se trata de un fenómeno específico catalán-italiano. Hoy, en Europa, populismo y nacionalismo crecen al amparo de la desaparición de los dispositivos que deberían garantizar la participación de la sociedad civil (principio de la gobernanza), debido al sometimiento de la política europea (y la de las diferentes nacionalidades) a las imposiciones del capitalismo financiero (democracia ficticia).

1. Entre las numerosas víctimas de la crisis actual hay un importante cadáver: la gobernanza. Palabra mágica que, en los últimos años, ha sido el referente de la Unión Europea para hablar de una forma "eficiente y socialmente avanzada" de participación democrática. Sin entrar en la bonanza del concepto y su contenido, es evidente que las virtudes adjudicadas a la gobernanza se han ido al garete.
  • En la esfera política, se adjudica a la gobernanza la capacidad de aportar mayor poder y más competencias a las autoridades regionales y municipales con el fin de aumentar su capacidad de implicación capilar en el territorio. Hoy, se coarta los poderes regionales y municipales, se reduce su capacidad de acción, se limita sus posibilidades de financiación, se establece un rígido control de arriba abajo que les imposibilita para cumplir aquella función capilar. Se sustituye la gobernanza por la denostada planificación que ahora se pone al servicio de los mercados. Todo ello con las consiguientes consecuencias para la eliminación de puestos de trabajo públicos, de derechos y servicios a la ciudadanía, y de una generalizada regresión cultural y educativa.
  • En la esfera económica, la gobernanza predica la interacción entre lo público y lo privado. No más antagonismos, no más competencia, no más separación, sino cooperación entre ambos a favor de un imparable desarrollo. De esta manera, el capital entra a formar parte de la esencia y de la naturaleza misma de la educación, la investigación, la sanidad; se invoca la eficiencia de lo privado frente a ineptitud de lo público, privatizándose la gestión del transporte, de la recogida de basuras, de las redes hídricas… La concurrencia competitiva como biblia del buen hacer. De esos polvos vienen los lodos que hoy cubren el sistema sanitario y la escuela (los cito como meros ejemplos de una lista interminable de servicios públicos), y que erosionan derechos ciudadanos. Todo ello con las consiguientes consecuencias para la eliminación de puestos de trabajo públicos (sin creación de nuevos puestos de trabajo en la esfera privada, cuando no se aprovecha para eliminar algunos de paso), de supresión de servicios a los ciudadanos y de una regresión social generalizada.
  • La gobernanza predica, asimismo, la participación de las entidades ciudadanas y de la comunidad en la gestión del territorio y de la política social. En este aspecto, poco hay para ejemplificar. En el caso español, la política estatal, de las comunidades autónomas, de las provincias y de los municipios – salvo contadas y honrosas excepciones – no ha facilitado los mecanismos para la puesta en práctica de dicha participación.
Estas tres características de la gobernanza, que debían aportar, entre otras virtudes, transparencia a la acción política pública, han servido, la mayor parte de las veces, para fomentar la corrupción. Los casos producidos en España, principalmente en las regiones y municipios levantinos, donde el clientelismo, la corrupción, el abuso de poder, se han convertido en instrumento de gobierno. Si elevamos la mirada, podemos observar en qué se ha convertido la gobernanza en España (reforma constitucional sin consultar al pueblo) y en Italia (“gobierno técnico” de Monti).

La única gobernanza que nos queda es de naturaleza financiera (la renta como principal referente de los derechos y la protección y reproducción de las castas sociales bien ubicadas) y de relaciones de fuerza (entre estados y entre sujetos sociales). Todo a mayor honra del dogma liberal-capitalista. ¿Un buen ejemplo? La propuesta de Merkel de crear un supercomisario europeo con capacidad para bloquear o dinamizar las cuentas nacionales (se entiende de los demás, es claro). En esto ha quedado la filosofía de la gobernanza: en un gobierno de las oligarquías. Las otras promesas de la gobernanza quedan ad calendas grecas (puede preguntarse a los griegos).

2.    Paralelamente, y como consecuencia, se está produciendo una centralización tecnocrática del poder (a la cual no son ajenos los partidos de la izquierda capitalista), que tiene como única finalidad implantar el despotismo financiero. Sus ejemplos más palpables los tenemos en los países del Sur de Europa, aunque no solo. En todos los países europeos (¿hay alguna excepción?), domina la naturaleza oligárquica y conservadora del poder político, prevalece la “sociedad del control” frente a la sociedad democrática.

Aunque creo que es una buena forma de participación democrática, los partidos políticos, hoy, han sido substituidos por simulacros de partido político, detrás de los cuales tan solo existen carreras políticas personales vitalicias. Políticos que se relacionan con las masas, pasivas y amorfas, únicamente cuando se producen períodos electorales. Políticos cuya independencia - y la de su organización - de los poderes financieros, industriales, comerciales, es inexistente. Políticos que han hecho suyo un único lenguaje, el lenguaje financiero, que han inculcado a la población, preocupada por los índices, la deuda pública, la marcha de los mercados, la fluctuación de la bolsa, y no por la educación, la salud, la sanidad, el empleo (soy consciente de que exagero, porque hay quien anda preocupado, pero aún son los menos, en caso contrario, todos estaríamos en la calle, siempre y a todas horas).

Y, si todo esto está sucediendo, es porque el poder político ha pasado en Europa (Unión, estados, regiones) de los parlamentos a la burocracia financiera.

El gran problema de hoy es la autonomía de la política, es decir, el gran problema es la supervivencia de la democracia. Hoy, cuando los partidos políticos se encuentran en un momento crepuscular, se precisa una acción política autónoma, fundamentada en un análisis crítico de la realidad, capaz de sostener la acción de los partidos y de los movimientos alternativos al modelo capitalista dominante. Una acción política destinada a reformar y reforzar nuestra democracia, dotándola de calidad, sacándola del anquilosamiento y del ensimismamiento. La verdadera supervivencia y revitalización de la democracia radica en escuchar y convertir en fuerza de gobierno las ideas dimanadas de la sociedad.